lunes, 10 de marzo de 2008

Un nuevo poema de Claudia Puente

De violencia y fulgor


Cuando se mate al último dorado

no te aflijas en vano.

Asume esta tristeza de esplendor sacrificado.

De violencia y fulgor, el alimento del hombre.

Antes del supermercado, el dolor de la carne.

Recuerda cómo acertar en la entraña del pez

cómo se extingue su fuerza al picarlo

cómo pisarle la cabeza si no muere:

Un momento completo:

Aceptar que la vena se rompe

que el corazón colapsa y para.

Fragilidad del que apetece y mata.

De listones dorados con motas azules

ondeando dentro del mar

de una vista clara y mineral

de una feliz rapidez por corrientes acuáticas

de ágiles y acróbatas giros

del grito ahogado bajo la sangre de la lanza

de agallas desgarradas, de cerebros perforados,

el alimento del hombre.

Así comenzamos.

Un moscardón alrededor de nuestra cabeza

nos devuelve la materia que se pega

a las páginas de una mariposa

antes de abrir el simétrico diseño

o la presencia del cielo.

No te distraigas.



Claudia Puente

Un poema de Carla Faesler

Trofeo

Hace girar su puro, tabaco de primera - comprado en New Kings Road

rozando el cenicero de cristal montado en una pata de elefante

que se trajo de Kenia hace diez años.


Los aros de humo denso, definidos,

viajan y se deshacen en los lomos

de los libros,

de las gacelas.

Si no estuvieran muertos

¿qué dirían?

el tigre,

el borrego cimarrón,

los zorritos baratos escoceses.

Un trago de scotch whisky

a su salud.

El mundo no ha cambiado, ahora

es él en su refugio

espiado por los ojos de canicas oscuras

de pelajes en polvo y cuernos secos.

Un corazón que late entre los muertos.

Un murmullo de patas

moliendo el musgo húmedo del bosque,

le es insoportable.

Un aliento que entibia la helada soledad que hay en las ramas,

le es insoportable.

Y ahora es un espectro, una pregunta inmóvil,

una promesa rota, una pulsión quebrada

que le lame la frente desde el muro.

Acércate,

oye su nada

rozándote.



Carla Faesler

domingo, 6 de enero de 2008

Nueva entrega de Silvia Eugenia Castillero



El último ciervo blanco

Por la mirilla pasa un ciervo blanco
atrapado en su galope.
Son cuatro esquinas
y un sol.
Porque el ciervo lleva el alba,
su cornamenta crece hacia
el blanco ilimitado de la luz.
La mirilla tal vez miente:
un grifo torrencial de reflejos
multiplica la blancura
casi estrella.
Algo asciende intempestivo:
un cometa. Cuernos volantes
en busca de un cuerpo.
No hay cuerpo, ni alba, ni estrellas.
Un cuarto vacío: sólo baldosas
con ciervos al centro tallados en piedra.

Silvia Eugenia Castillero

miércoles, 2 de enero de 2008

Un poema de Eduardo Langagne

Snowy


Había un albo animal,
último sobreviviente.

Blanco, vital oferente
de la vida natural.

Un prototipo ancestral,
postrero, nevado, raro.

Fue ultimado de un disparo
y para siempre extinguido.

Hay un hombre embrutecido
en un territorio ignaro.

Eduardo Langagne